lunes

Flojera colectiva

Algo estaba sucediendo a mis espaldas, el patrón salía de la ciudad y era el último en enterarme cuando tiempo atrás casi me nombraba su chofer; temí por mis planes, yo que siempre me esforcé por seguir la filosofía de Diógenes en eso de: un hombre debe vivir cerca de sus superiores como cerca del fuego: ni tan cerca que se queme, ni tan lejos que se hiele… y de verdad que no lo hacía tan mal pero me comía el coco pensar en qué había fallado. ¿Acaso salir con su hija de parranda bajaría mis bonos? O ¿Agarrar la oficina de restaurante habrá afectado? En fin, le preguntaría directo para no hacerme más ideas pero me ganó el jalón y me dijo: Pato, prepara a la gente que el sábado viene un cabrón a motivarlos pa´ que le echen chingazos al negocio.
Vaya, eso era lo que sea traía entre manos, le había entrado a la basura moderna de los “motivadores”
Digo, quién en su sano juicio contrataría un tipo para que nos hable de lo que ya sabemos. Es como ir al psicólogo, uno va ahí y se recuesta en el diván una hora para que después de tres sesiones el resultado sea: Comportamiento inexplicable… Y al final tú conclusión sea que, cabrón eres y cabrón morirás.
Pues bueno, ver para creer, nunca pensé que la pereza de Goyo, la lentitud del chema, o mi falta de interés hacia el trabajo requirieran motivación.
Creo que es la temporada, las tardes con sabor a diciembre, la nostalgia por la familia que está lejos, yo que sé. Si el mundo no se acaba, en febrero lo confirmo.

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